El ejercicio no solo fortalece músculos y mejora la condición física: también desempeña un papel determinante en la salud intestinal y en la prevención de enfermedades gastrointestinales. Así lo confirma una revisión científica publicada en la revista Gastroenterology, que destaca cómo la actividad física regular favorece un microbioma intestinal más diverso y funcional.
Según el análisis, el ejercicio incrementa la diversidad microbiana, estimula la producción de ácidos grasos de cadena corta —como el butirato— y fortalece la barrera intestinal. Estos efectos reducen la inflamación sistémica y pueden disminuir el riesgo de enfermedades crónicas como la enfermedad inflamatoria intestinal, el síndrome de intestino irritable e incluso el cáncer colorrectal.
El doctor John Hawley, Ph. D., del Instituto Mary MacKillop para la Investigación en Salud de la Australian Catholic University, señaló que el ejercicio debería ocupar un lugar central en los planes de tratamiento clínico. “Si las médicas y los médicos fueran plenamente conscientes de los beneficios del ejercicio para la salud metabólica e intestinal, lo recomendarían con mayor frecuencia”, afirmó.
El eje músculo-intestino: una conexión clave
Uno de los hallazgos más relevantes es la llamada interacción músculo-intestino. Cuando los músculos esqueléticos se contraen durante la actividad física, liberan moléculas de señalización conocidas como miocinas. Estas sustancias se comunican directamente con el intestino, fortaleciendo la inmunidad, promoviendo una mayor diversidad de la microbiota y favoreciendo el equilibrio metabólico.
Diversos estudios han vinculado la actividad física moderada a vigorosa con un menor riesgo de enfermedad hepática metabólica, enfermedad inflamatoria intestinal y síndrome de intestino irritable. En pacientes con este último diagnóstico, el ejercicio mejora la motilidad intestinal y alivia síntomas como dolor abdominal e hinchazón.
En el caso de la enfermedad inflamatoria intestinal, revisiones sistemáticas han demostrado que el ejercicio puede reducir la actividad inflamatoria y mejorar la calidad de vida. Incluso, en personas con enfermedad de Crohn, la combinación de actividad física e intervenciones psicológicas mostró cambios positivos en el microbioma y una disminución de marcadores inflamatorios.
Un efecto protector frente al cáncer
El impacto del ejercicio en la prevención del cáncer también es significativo. La evidencia científica indica que la actividad física regular puede reducir hasta en 40 % el riesgo de desarrollar cáncer colorrectal. Además, en pacientes que ya han superado esta enfermedad, el ejercicio disminuye el riesgo de recaída y mejora la supervivencia.
Investigaciones adicionales revelaron que los sobrevivientes de cáncer colorrectal físicamente activos presentan una microbiota intestinal más diversa que quienes llevan un estilo de vida sedentario, lo que refuerza la relación entre movimiento y salud intestinal.
Cómo la actividad física previene enfermedades gastrointestinales
La actividad física mejora la microbiota intestinal, reduce la inflamación y puede prevenir enfermedades como el síndrome de intestino irritable y el cáncer colorrectal
¿Cuánto ejercicio es suficiente?
Aunque los beneficios están bien documentados, los expertos reconocen que aún no se ha definido con precisión la dosis ideal de ejercicio para optimizar la salud gastrointestinal. Si bien la actividad moderada fortalece el intestino, el entrenamiento intenso y prolongado puede aumentar temporalmente la permeabilidad intestinal, causando molestias leves como calambres o diarrea. No obstante, estos efectos suelen ser reversibles.
Los investigadores subrayan la necesidad de estudios que establezcan la frecuencia e intensidad mínimas necesarias para generar cambios positivos en el microbioma.
El papel de la alimentación
La doctora Aasma Shaukat, gastroenteróloga de NYU Langone Health, destacó que el ejercicio es solo una parte del enfoque integral. La alimentación también cumple un rol esencial. Recomienda priorizar alimentos que favorezcan el crecimiento de bacterias beneficiosas, como yogur, kimchi, kombucha, semillas de chía, verduras encurtidas y cereales integrales.
En conjunto, una dieta mediterránea equilibrada y la actividad física regular constituyen una estrategia efectiva para mantener un intestino sano, fortalecer la inmunidad y reducir la incidencia de enfermedades gastrointestinales.
La evidencia científica es clara: moverse más no solo beneficia el corazón y los músculos, sino también el intestino, consolidándose como una herramienta preventiva de gran alcance para la salud pública.



